viernes, 23 de junio de 2023

Decálogo del buen uso de los antibióticos

 

Antibióticos: grandes aliados, si son bien utilizados

1.   Los antibióticos han salvado millones de vidas. Es imprescindible usarlos adecuadamente para que sigan siendo útiles.

2.  Solo son efectivos para las infecciones causadas por bacterias. La mayoría de las infecciones infantiles están causadas por virus y por eso no se curan ni alivian con antibióticos.

3.  La fiebre no se trata con antibióticos. Su presencia no significa que sean necesarios.

4.  La ley prohíbe vender antibióticos sin receta. Solo el médico los puede prescribir. No se deben tomar sin su supervisión.

5.  No se deben usar los antibióticos que hayan sobrado de otros tratamientos. Estos se deben llevar al punto SIGRE (puntos de recogida en las farmacias) para su reciclaje.

6.  Los antibióticos se deben tomar en las dosis, pautas y durante el tiempo que haya recomendado el médico.

7.  No se deben suspender los antibióticos aunque desaparezcan los síntomas de la enfermedad salvo por indicación médica.

8.  Los antibióticos son medicamentos seguros pero en algunos casos pueden tener efectos secundarios o producir alergias. En estos casos se debe consultar con el médico.

9.  Los antibióticos mal usados dejan de ser efectivos porque las bacterias se hacen resistentes a sus efectos. Esto supone un problema sanitario grave.

10.   Los antibióticos han de utilizarse con ciertas precauciones durante el embarazo y la lactancia. Estas circunstancias deben ser comunicadas a su médico.

 

Decálogo del buen uso de los antibióticos (enlace pdf descargable)

 

Fuente: AEPap


lunes, 19 de junio de 2023

¿Qué prefieres tener razón o ser feliz?

 

Tiene razón, la amargura es un veneno poderoso que contamina todas las áreas de la vida y a todo aquel que se acerca. Es un cóctel tóxico cuyos ingredientes son la tristeza por uno mismo, por lo que pudo ser y no fue.

«Amargura no, por favor. Puedo soportar sentir tristeza, enfado, asco y miedo, pero la amargura es lo peor» Son las palabras de María que se enfrenta a un divorcio conflictivo. Tiene razón, la amargura es un veneno poderoso que contamina todas las áreas de la vida y a todo aquel que se acerca. Es un cóctel tóxico cuyos ingredientes son la tristeza por uno mismo, por lo que pudo ser y no fue. Se añaden grandes dosis de resentimiento hacia el otro, por lo que debió hacer y no hizo y de frustración hacia la vida por sus injusticias.

Es un verdadero obstáculo en el camino de la recuperación, pues el pesimismo y el malhumor tiñen cada segundo. En el caso de María, es la decisión de su hijo adolescente de vivir con su padre que «ha comprado su voluntad con el dinero que yo no tengo», relata. Lo sucedido es, a todas luces, injusto para ella que se ha desvivido por su vástago todos estos años. Sin embargo, sus buenas razones para estar triste y enfadada le están amargando la vida. Está siempre enfadada, con una actitud cínica y negativa ante la vida. Lanza pullas a todo el que se acerca, le molesta la alegría de los demás y la relación con su hijo se ha llenado de sarcasmo. Cada momento de su día tiene un sabor amargo.

La amargura clama justicia

Gritar con fuerza «hay que hacer algo» cuando sucede una injusticia es una afirmación legítima que ha ayudado a conseguir muchos logros. Sin embargo, la trampa del amargado es considerar que ese algo lo tiene que hacer otro, el ofensor, ya sea el hijo, el marido, el amigo, el gobierno, el político, la empresa o el mismo Dios llegado el caso.

Para justificar su postura, tiene una larga lista de buenas razones. Es en este listado donde se esconde el veneno: el impulso a actuar que promueve la ira se da de bruces con la pasividad de la pesadumbre que dice «no es a ti a quien toca mover ficha, tú eres la/el agraviada/o».

Este conflicto es la antesala de la llamada indefensión aprendida, término acuñado por Martín Seligman, conocido por ser el padre de la Psicología Positiva, la ciencia que estudia el bienestar. Supone vivir bajo el yugo de una situación injusta o dolorosa, pero haber tirado la toalla pensando que no hay nada que puedas hacer para cambiar las cosas. Estos pensamientos se observan a menudo en las víctimas de maltrato y abuso y son precursores de la depresión, la adicción y los trastornos de ansiedad entre otros.

¿No te has preguntado alguna vez por qué hay gente que le habla a la televisión para clamar justicia? Justo lo que le sucede ahora a un caballero sentado en la mesa que tengo al lado en una cafetería. «Seguramente, lo hace para esquivar la indefensión aprendida», me digo. Mientras se aúlla como un lobo contra la pantalla, la fantasía de hacer algo está activada. Si cuando se apaga la tv el malestar persiste a lo largo del día ¡estás infectado de amargura!

¿Prefieres tener razón o ser feliz?

Esta pregunta era un clásico de los cursos de desarrollo personal y autoestima hace años. Perseguir a toda costa llevar razón es un motivador, a priori, para luchar contra las injusticias, pero se paga el peaje de vivir alejado de otras grandes emociones motivadoras como son la alegría y el altruismo. Por no hablar de la conducta de evitación de los demás. Sin embargo, el riesgo mayor es convertirse en una persona amargada, con pensamientos rígidos y conductas ofensivas, eso sí, muy bien justificadas.

La respuesta de los asistentes al curso más amargados solía ser «a mi lo que me hace feliz es llevar razón» y abandonaban el aula airados, para después meter pullas, ironizar y desdeñar al resto de participantes a los que llamaban ‘flower power’. La amargura considera ingenua y superficial la necesidad de felicidad.

Un estudio encargado por EL MUNDO a Sigma Dos evidenciaba que el 55,3% de los jóvenes entre 18 y 29 años prefería estar en el paro a seguir trabajando en un puesto que les hiciera infelices. «Los jóvenes se han cansado de vivir para trabajar», concluía la investigación. Buscar una vida mejor que la de sus padres determinada por la productividad a toda costa es un deseo comprensible y que los jóvenes se pongan manos a la obra para conseguirlo también.

Sin embargo, la amargura puede estar al acecho detrás de su objetivo. Por una parte, la frustración por la realidad que no se puede cambiar fácilmente puede llevar a renunciar y rendirse antes de tiempo, a hacer desconfiar de las propias capacidades y teñir la vida de desilusión. No tener recursos para persistir ante los retos es un efecto negativo de la sobreprotección en todos los ámbitos.

El otro aspecto es la ilusión de control, alimentada por la cultura tecnológica donde parece que la realidad es fácilmente controlable con un ‘click’. Esta ilusión se derrumba ante las tragedias de nuestra vida o la incapacidad para ponernos de acuerdo incluso en aspectos cruciales para todos. El control lleva al descontrol y, de ahí a la desesperanza y la amargura, hay solo un paso.

El psicólogo Paul Watzlawick, en su libro ‘El arte de amargarse la vida’ (1983), medio en broma medio en serio afirma que «llevar una vida amargada lo puede cualquier, pero amargarse la vida a propósito es un arte que se aprende«. La amargura no siempre tiene que ver con los eventos externos sino con una actitud vital negativa y derrotista provocada a menudo por viejos patrones y hábitos. Como dice el proverbio: para algunos no hay nada más difícil de soportar que una serie de días buenos.

María, mi paciente decidió abandonar la amargura y reconciliarse con su hijo «porque -tal y como aseguró- hay cosas que no se compran con dinero». Y tú, ¿qué prefieres tener razón o ser feliz?

Cómo apoyar a un amargado (sin que te intoxique)

«La realidad es como es y en ella se oculta la felicidad que no proviene de la manipulación de los hechos o personas sino del desarrollo de la paz interior, aún en los desafíos y dificultades», afirma Robin Norwood, psicóloga especialista en dependencia emocional. Las personas con amargura se vuelven muy dependientes de la realidad que desean cambiar, pues es en ese cambio donde se proyecta su felicidad.

La persona amargada necesita ayuda, pero hay que ponerse un traje antivirus porque su cercanía puede destrozar la autoestima. Estas son algunas sugerencias:

·      No tomarse al pie de la letra lo que dice

·      No considerar sus ataques como algo personal

·      Hablar de lo que les sucede, pero con un cierto desapego

·      Ver con ella otros puntos de vista

·      Hacer todo lo anterior durante un tiempo limitado

·      Detectar sus comportamientos pasivo-agresivos y señalarlos

·      No reaccionar a su cinismo, es mejor salir del terreno de juego

·      Tomarse un tiempo para uno mismo y descansar de la nube amarga

 

Fuente: EnpositivoSI


lunes, 12 de junio de 2023

Trastorno específico del lenguaje (TEL)

 

El trastorno específico del lenguaje –TEL– es difícil de definir, de diagnosticar y de tratar.

Hace referencia a los niños con problemas en el lenguaje con habilidades cognitivas normales y sin una causa identificable de esas dificultades. El diagnóstico es pues de exclusión, es decir, descartando otras causas que puedan explicarlo, y abarca un espectro tan amplio de manifestaciones que no ayuda a su comprensión.

Conocerlo es pues muy importante para poder entender las dificultades a las que se enfrenta el niño que lo tiene y atender adecuadamente sus necesidades.

De las muchas características que compartimos todos los seres humanos yo destacaría tres: la capacidad de andar erguidos –bipedismo–, la de formar una pinza oponiendo el pulgar a los otros dedos de la mano y el lenguaje.

Quizá la más compleja de todas sea el lenguaje, una capacidad fascinante de la que aún no comprendemos muy bien ni cómo surge ni cómo funciona, pero sabemos que interviene en el análisis de lo que percibimos, en nuestras emociones y en la elaboración de ideas. Nos ayuda a recordar el pasado y a imaginar el futuro. Es el soporte de nuestro mundo interior, de nuestro «yo» y también la herramienta que nos permite transmitirlo.

Las deficiencias en el lenguaje interfieren en todos estos procesos. Pueden ser debidas a problemas en la comprensión, en la expresión o en ambas y sus causas muy variadas. Digamos que evaluar y definir los problemas del lenguaje es tan complejo como el propio lenguaje y que no hay consenso sobre ello.

Y el trastorno específico del lenguaje no se escapa a esta dificultad.

¿Qué es el TEL?

La respuesta es controvertida, incluso hay controversia sobre si debe usarse o no el término Trastorno Específico del Lenguaje.

El término TEL aparece en la literatura médica anglosajona de los años 80 del siglo XX, en inglés «specific language impairment» (SLI), para describir a los niños que tienen impedimentos en su lenguaje, con habilidades cognitivas normales y sin causa demostrable de la alteración del lenguaje.

Describir las dificultades del lenguaje infantil ha resultado siempre complicado. Para empezar, el estudio del lenguaje se ha abordado desde múltiples disciplinas, entre otras, se ocupan de ello la lingüística, la medicina, la patología del habla y la psicología del desarrollo. Esto propicia la aparición de diferentes modelos y marcos teóricos para explicar cómo surge y se produce el lenguaje humano, y por tanto será también muy variada la forma de explicar sus dificultades.

Las primeras descripciones, de principios del s. XIX, ya hacen referencia a niños con problemas específicos del lenguaje en ausencia de otras alteraciones. Primero se centraron en los niños cuya expresión estaba gravemente limitada y así se hablaba de «afasia congénita» o «afasia infantil», después empiezan a distinguirse las dificultades entre la comprensión y la expresión del lenguaje y se usan términos como «sordera congénita de palabras», «desarrollo del habla retrasado» o «agnesia auditiva verbal congénita». Toda esta terminología inicial es propia de la neurología del adulto.

A partir de la segunda mitad del siglo XX, las teorías psicolingüísticas y nativistas ofrecen una visión modular del funcionamiento de las estructuras del sistema nervioso central y consideran que la adquisición del lenguaje es un proceso independiente de otros. Así la causa del problema ya no es neurobiológica sino psicolingüística, de manera que los problemas del lenguaje serían debidos a defectos aislados en los «sistemas cerebrales del lenguaje».

Con el uso cada vez más extendido de los test psicométricos podía «medirse» la habilidad lingüística de un individuo comparándola con la esperada para su edad, por eso empiezan usarse términos como «lenguaje desviado», «trastorno del lenguaje», «lenguaje retrasado» y «trastorno del desarrollo del lenguaje», para acabar imponiéndose en los años 80 los términos «déficit de lenguaje específico» y «trastorno específico del lenguaje».

Aunque actualmente hay muchas definiciones del TEL, todas coinciden en que la dificultad del lenguaje se produce en ausencia de otras deficiencias de neurodesarrollo.

En cambio, no hay consenso respecto a los dos aspectos más importantes:

·      a partir de qué nivel de habilidad del lenguaje se considera que hay un déficit

·      y cuanta debe ser la discrepancia entre las habilidades lingüísticas y el resto de habilidades cognitivas para excluir una discapacidad cognitiva.

Por otra parte, los criterios de exclusión para un diagnóstico de TEL se pueden interpretar y, por tanto, usar de manera diferente. Así hay quien defiende que el TEL puede coexistir con otros trastornos como el autismo, el TDAH, la hipoacusia corregida con implantes corleares, e incluso aparecer en situaciones no patológicas como serían el bilingüismo o el uso dialectal del lenguaje.

Toda esta controversia empeora con la desaparición del TEL de las últimas versiones de manuales diagnósticos como el DSM-V, ampliamente usado dentro y fuera de las fronteras estadounidenses.

En mi opinión estas discusiones teóricas, aunque muy importantes, no deben hacernos olvidar que son muchos los niños que padecen dificultades en el neurodesarrollo del lenguaje y que nuestro objetivo debe ser prestarles la ayuda que necesitan para mejorar su lenguaje y con él su capacidad de reflexión y comunicación. Por eso voy a quedarme con una definición operativa que creo que sirve bien para este propósito.

El TEL es un trastorno del neurodesarrollo que afecta exclusivamente al lenguaje. Incluye a todo trastorno de lenguaje que se caracterice por un desarrollo lento y retrasado respecto a su edad cronológica y que no tenga relación con una deficiencia auditiva, motora, cognitiva o de conducta, tampoco con el autismo. Y de una forma práctica podemos distinguir dos tipos:

·      TEL de predominio expresivo: los niños tienen una memoria normal que permite reconocer los fonemas y las palabras comprendiendo su significado; pero se expresan mal, no encuentran la palabra adecuada para lo que tienen que decir y son lentos en la formación de frases.

·      TEL con alteraciones expresivo-receptivas: en este caso tienen dificultades para reconocer los fonemas y las palabras, su memoria fonética es limitada, aunque curiosamente su expresión es algo mejor que la de los niños del primer grupo.

Como en todos los trastornos, no existe un marcador biológico que nos permita identificar a los niños con TEL, es decir, no hay una prueba médica –análisis, pruebas de imagen o neurofisiológicas– que nos corrobore que un niño tiene un TEL.

Diagnóstico

Sin marcadores biológicos ni consenso claro sobre qué es el TEL, su diagnóstico resulta aún más difícil que su definición.

El desarrollo del lenguaje tiene unos márgenes de «normalidad» muy amplios, tanto cuantitativos –cuánto tiene que comprender y expresar el niño a una edad determinada– como cualitativos –cómo tiene que hablar a esa edad– y también entre distintos niños –variabilidad interindividual– y para un mismo niño en distintos momentos –variabilidad intraindividual–.

Además el propio dinamismo del neurodesarrollo hace que no podamos asegurar un diagnóstico hasta una edad determina, ya que durante el proceso de adquisición del lenguaje podría alcanzar la normalidad. Tampoco los retrasos ni alteraciones del lenguaje son signos exclusivos del TEL, pueden serlo de otros problemas distintos. Por eso es arriesgado diagnosticar un TEL antes de los 5 años de edad, aunque podamos sospecharlo desde mucho antes.

Por otra parte, interesa detectar cuanto antes los problemas del neurodesarrollo ya que sabemos que a mayor precocidad de tratamiento, mejor pronóstico. Diversos estudios poblacionales apoyan la idea de que el nivel de desarrollo de lenguaje alcanzado a los 5 años de edad permite pronosticar las habilidades lingüísticas en la edad adulta. Así que ante cualquier retraso o anomalía del desarrollo del lenguaje debemos intervenir cuanto antes aún sin poder establecer un diagnóstico concreto.

Siendo prácticos, podemos sospechar el diagnóstico de TEL cuando nos encontremos con:

  • Un lenguaje impropio para la edad del niño de forma repetida a distintas edades: vocabulario escaso, dificultades para formar y ordenar los elementos de la frase, ausencia de elementos de nexo, dificultad para usar frases subordinadas…
  • Una discrepancia cognitiva: a pesar de sus dificultades con el lenguaje, el niño se muestra hábil en la resolución de problemas espaciales, geométricos, figurativos y simbólicos.
  • La ausencia de una causa que explique las dificultades del lenguaje: sordera, falta de estimulaciónmalformaciones cerebrales

Podemos decir que existe un trastorno del lenguaje cuando el nivel de habilidades lingüísticas afecta a la capacidad del niño para cumplir con las expectativas sociales y educativas que se esperan a su edad.

Tratamiento del TEL

No importa si la definición o el diagnóstico son controvertidos, puesto que aquí se trata de una dificultad en el desarrollo del lenguaje.

El tratamiento no debe demorarse ni esperar a confirmar el diagnóstico y será siempre logopedia.

Como en cualquier otro trastorno del lenguaje, el logopeda diseña un plan terapéutico individual.

Primero traza el perfil lingüístico que presenta el niño y su nivel de comunicación para enfocar el tratamiento en las deficiencias específicas que presente en cuanto a la comprensión y sus habilidades fonéticas, semánticas, morfosintácticas o pragmáticas. Así por ejemplo, le enseña las estructuras gramaticales, aumenta la diversidad de su vocabulario y trabaja para alargar las conversaciones.

Además analiza su entorno y procura que haya un ambiente favorable al desarrollo del lenguaje, aconsejando pautas de comunicación en el entorno familiar y escolar.

Las técnicas de aprendizaje del lenguaje son muy variadas, incluyen trabajar la comprensión mediante ejemplos e imitaciones y la repetición de estructuras gramaticales que después se deben practicar en el entorno natural del niño. Por eso, trabajar con lo más pequeños incluye enseñar también a los miembros de la familia a estimular el desarrollo del lenguaje, dando así continuidad en el hogar a las estrategias utilizadas en la terapia. Al seguir las mismas consignas en terapia y en casa, el niño avanza más y se evitan confusiones.

Por la misma razón cuando el niño ya va al colegio es importante que también los maestros se involucren y faciliten las habilidades lingüísticas necesarias para un buen rendimiento académico. Por ejemplo, el logopeda puede trabajar en colaboración con el maestro para enseñarle al niño el vocabulario nuevo que estudiará en los próximos temas. Si lo que hay son deficiencias de habilidades pragmáticas, se pueden enseñar las habilidades de comunicación social mediante la interacción entre compañeros.

El resultado de la terapia es muy variable. Cuánto más leve es el trastorno, mayor será la probabilidad de mejorar. Y aunque no se sabe con certeza qué estrategias terapéuticas son las más efectivas, sí se sabe que los niños que no reciben tratamiento tienen peor pronóstico.

 

Fuente: Neuronas en Crecimiento


lunes, 5 de junio de 2023

El motor de la salud

 

El personal de Enfermería es una de las piezas claves en la atención sanitaria de las personas con diabetes, y sobre todo en lo que se requiere en los ámbitos de la formación terapéutica y el seguimiento de la adherencia al tratamiento.

Por eso, y ahora más que nunca, cuando las tasas de diabetes tipo 2 siguen creciendo, es importante trabajar porque su labor, en Atención Primaria fundamentalmente, se vea potenciada y pueda abordar, de manera adecuada, el cuidado y atención personalizada de las personas con patologías crónicas, como es la diabetes, que afecta a cerca de 6.000.000 de ciudadanos en España.

Sin embargo, este colectivo profesional no ocupará adecuadamente el lugar que se requiere en diabetes, hasta que no se definan adecuadamente sus funciones, por medio del reconocimiento de la formación que cuenten y adquieran sobre esta patología. De ahí que, desde la Federación Española de Diabetes (FEDE), junto con otras entidades como es el Consejo General de Colegios Oficiales de Enfermería (CGCOE), sigan trabajando para que se lleve a cabo, por parte de la Administración Pública, un plan de mejora en este aspecto.

Y esto es necesario porque, aunque actualmente se está definiendo la función del colectivo dentro de la negociación del Estatuto Marco, hasta que se apruebe, se estará rigiendo por el que data de 1982. Es decir, un documento de hace cuatro décadas y que, por lo tanto, está ya desfasado. El asunto tiene su trascendencia puesto que de él depende que su trabajo reciba un importante espaldarazo y pueda asumir más competencias, entre las que destacaría un refuerzo a nivel formativo, lo que contribuiría, en diabetes, a más calidad de vida para los pacientes.

Otro gran problema a esto es el relativo bajo ratio de profesionales de Enfermería que hay en España. Y es que, y según datos del CGCOE, a día de hoy por cada 100.000 habitantes hay una tasa de 625 enfermeros. Algo claramente insuficiente para atender adecuadamente a las personas con diabetes y a los pacientes crónicos en general.

 

Fuente: Fede